jueves, 10 de mayo de 2007

Un poquito de mitologia polinesia

Hola amigos.

Todo tiene un origen, un principio. De acuerdo, nos gustan mucho los vasos tiki, los tikis de madera, en fin, todas esas representaciones, pero ¿de dónde salen?

La respuesta es fácil: dioses polinesios. Toda cultura tiene sus mitos y leyendas, su explicación para las cosas más primarias, y la polinesia no iba a ser menos. Así que vamos a hacer un pequeño resumen del "Génesis" polinesio y de sus principales divinidades. Antes de nada, pedir disculpas por tocar un tema tan serio medio a la ligera y de una manera superficial, pero ni mi tiempo, ni el espacio de un blog, ni sobretodo mis conocimientos dan para más. Debo citar, sobretodo, este artículo de Paul Waters de donde saco toda esta información. De hecho, es una traducción bastante libre del mencionado artículo.

Al principio sólo existia Po. Una vasta extensión oscura y tenebrosa, un abismo donde no había nada excepto Keawe, una luz entre las tinieblas, que daría paso al origen de todo lo demás, la llama de la creación. Keawe abrió su gran calabaza de la que sacó el firmamento, desplegando un cielo azul. Y después sacó un disco naranja y lo colgó del cielo, conviertiéndose en el sol.

Entonces Keawe se manifestó por un lado como Na Wahine, su hija, y por otro como su hijo Kane (también llamado Eli). Na Wahine y Kane formaron la familia real de los dioses primigenios hawaianos. Junto a Kane, las principales divinidades son Ku, Lono y Kanaloa, cada uno con sus atribuciones. Kane era el señor de los elementos naturales, como la tierra, la piedra, el agua. Ku (mi favorito!) era el dios de la guerra, pero también de los bosques y las cosechas. De alguna manera también era idolatrado por los artesanos. Kuhuluhulumanu era el dios de las aves, Kukoae de le la magia, y así.



Kanaloa era el responsable del océano Pacífico, y por tanto de los marineros y los pescadores. Lono, dios del sol y la sabiduría, se encargaba de que la vegetación creciera verde. Ya que era además el dios de la medicina, se encargaba de que las plantas medicinales crecieran fuertes.

Kane y Na Wahine también tuvieron hijas. Entre ellas, Laka era la diosa del Hula, el baile ritual hawaiano. Hina sacó el archipiélago de Hawaii del océano, y Kapo era la diosa del Pacífico sur. Papa era la reina de la naturaleza, y junto a su marido Wakea, tuvieron un hijo enfermo, deforme como una raíz de taro. Al morir éste, de su tumba nació la primera planta de taro para dar alimento al ser humano.

La última divinidad fue Milu, señor del mundo de los espíritus y de Ka-pa'a-he'o, el lugar donde van las almas con asuntos pendientes.

Cada uno adoraba a la divinidad (o akua) que más le interesaba. Durante los rituales, se celebraba un banquete en el que los participantes se sentaban alrededor del dios en cuestión. Entonces un kahuna hacía una ofrenda a la divinidad adorada, y una vez acabada la ceremonia, empieza el banquete. Eso sí, cada vez que se preparaba más comida, se volvía a hacer una ofrenda antes de que los mortales pudieran seguir comiendo.



En fin, que la hawaiana era una religión politeísta con sus dioses, su culto y en pleno funcionamiento hasta que en 1820 los misioneros cristianos se dedican a evangelizar las islas y destruir y ocultar todas las imágenes vernáculas, lo cual no era fácil. Por ejemplo, un ídolo de piedra literalmente resurgió de dentro de la tierra. Había en 1885 un anciano que vivía con su hijo y una pareja de hermanos cerca de un estanque en Kawaihae. El viejo les despertó una noche, pidiendo a su hijo que pescara un pez del lago, a la chica le pidió un poco de awa y al hermano de esta que subiera a un cocotero a por unos cuantos cocos. Entonces los mandó a cavar en un lugar concreto, donde estaba enterrado el antiguo dios. El anciano puso los cocos alrededor del cuello del ídolo, puso el pescado delante y la awa en la boca. Les dijo a los jóvenes que el nombre del dios era Kane, y entonces predijo su propia muerte. Y en tres días murió. Actualmente éste ídolo se puede visitar en el Bishop Museum de O'ahu, como un testimonio de un culto primigenio que posiblemente haya desaparecido de la vida cotidiana, pero que nunca será completamente olvidado.