martes, 8 de septiembre de 2009

Breve historia del tiki

Pongamos que estoy degustando un misterioso combinado de ron rodeado de una exuberante vegetación. Suena música exótica, mezcla de jazz, hawaiiana y sonidos de loretes y monos varios. Mi butaca es de bambú y el estampado de mi camisa es floreado, y en otro contexto podría ser hasta calificado de hortera. ¿Dónde estoy? La primera impresión es que estoy en un paraíso tropical, pero en realidad podría estar en California, Londres o Lloret de Mar. Pues el tiki viene a ser más o menos eso, montar un tingladillo tropical a partir de elementos que la imaginación colectiva etiquetaría como exóticos. Tampoco vamos, a estas alturas, a intentar convencer a nadie de que un "bar hawaiano" es hawaiano de verdad, pero veamos de dónde viene todo esto.

California, 1932. Estados Unidos atraviesa la Gran Depresión. Ernest Beaumont Gantt, después de una época un tanto borrosa de su vida que pasa navegando y traficando con alcohol durante la ley seca, decide sentar la cabeza y monta un bar en Hollywood llamado Don the Beachcomber. Ernest decora su local con los artefactos que había recopilado durante sus viajes por el Pacífico, y reúne una carta de cócteles nunca vistos hasta el momento. Lejos de la pureza y la sofisticación de los martinis de los speakeasy de Nueva York, los cócteles de Don the Beachcomber son de sabor complejo y misterioso, con un equilibrio entre los cítricos, el azúcar, la potencia y el cuerpo de los rones y el toque final de las especias, que explota en una sinfonía de aromas redonda. El bar tuvo tanto éxito que dos años después abrió un restaurante con el mismo nombre, contando con la ayuda de escenógrafos de Hollywood para potenciar el ambiente exótico del bar original. El nuevo restaurante se convirtió en un must para las estrellas de la época y todos iban a probar los potentes brebajes de Ernest, que ya se había cambiado legalmente el nombre a Donn Beach.

Si decimos que Donn plantó la semilla, también podemos afirmar que Victor recogió los frutos. Victor Bergeron, alias Trader Vic, era un buscavidas metido a restaurador. Con una infancia muy complicada por la tuberculosis, siempre se las apañó para salir adelante con unos cuantos dólares en el bolsillo. Montó en Oakland su primer chiringuito, el Hinky Dinks, con 800 pavos que le prestó su tía. Era poco más que una barraca de madera donde por cuatro duros daba de comer y beber a su clientela, que gracias a su carisma y a su visión para los negocios era siempre abundante.

Victor hizo un viaje por el Caribe, donde aprendió los secretos del ron de los maestros cubanos. Había escuchado hablar de ese sitio exótico de Hollywood donde iban todos los famosos, y pensó que esa fórmula sería más beneficiosa que inflar a cervezas a la white trash de su barrio. Al volver hizo reformas en su negocio, que reabrió bajo el nombre de Trader Vic's, repitiendo la fórmula de Don the Beachcomber y compitiendo también en éxito. Poco después abrió otro local, y otro, y otro más, hasta acabar montando una cadena por todo el mundo, con presencia incluso en la Costa del Sol, con los recién desaparecidos locales de Estepona y Marbella. Victor lleva a casa el exotismo de sus bares, con su propia línea de productos gastronómicos, libros de recetas y souvenirs.

El fenómeno tiki, entonces, nace en los años 30, pero es en los 50 cuando eclosiona y todo Estados Unidos se llena de locales seudopolinesios, algo habitual en el ocio de la época. Las revistas gastronómicas del momento escribían efusivas críticas de los cócteles servidos en restaurantes como The Luau, Kon Tiki, Mai Kai o Bali Hai. Los bartenders se valoraban en función de la calidad de sus recetas, que guardaban celosamente hasta el extremo de llevárselas a la tumba. Entrando en un bar tiki, los americanos medios de la época se trasladaban a un mundo exótico, dejando los problemas de la vida cotidiana en el aparcamiento y sintiéndose salvajes sofisticados en un entorno similar a los de las películas de aventuras por el Pacífico que veían en la gran pantalla.

Era un momento de una aparente benevolencia económica posdepresionista que animaba a consumir. Los vuelos intercontinentales empiezan a democratizarse y el público viaja al Hawai real donde esperan encontrarse con los paraísos tropicales de los bares de su ciudad, pero claro, estos lugares son inventados. En un mismo local se mezcla decoración e imaginería de Hawai, Tahití o las Islas Marquesas, todo vale bajo el pretexto del exotismo. Por tanto, los restauradores del continente se ven obligados a "exportar" el pop polinesio a su presunto lugar de origen, montando bares tropicales en el trópico. Se crea así un curioso efecto bucle, una de las muchas contradicciones e incorrecciones que hacen que el tiki nos guste por naif.

Ya en la década de los 70, lo que mola es la música disco, Farrah Fawcett y la blaxploitation. El tiki se ve como una cosa cutre y hortera, son aquellos bares decadentes con plantas de plástico y cócteles enormes y dulzones que caen en el olvido. Sólo algunos bares aguantan con más pena que gloria los envites de los nuevos tiempos.

¿Y qué pasa en España? La historia del tiki español es muy borrosa, llegando a la categoría de culebrón, aunque el origen está más o menos claro. Una familia china procedente de Nueva York monta en Madrid el desaparecido House of Ming en 1965, y a partir de ahí la fórmula se va ramificando por todo el país. Gracias a la prosperidad del turismo en España en los 70, llegó a haber varias docenas de bares hawaianos, polinesios, melanesios o exóticos en general, de los cuales sobreviven más de los que pueda parecer bajo nuestra mirada más cool. Poner aquí una lista no tendría mucho sentido. Parte de la gracia y del sentido de aventura es irlos descubriendo poco a poco, nos hará sentir verdaderos arqueólogos urbanos. Aunque para empezar, visitar el Kahala en Barcelona o el Mauna Loa en Madrid ya está bien.

Volvamos a los Estados Unidos. A mediados de los 90, por aquello de matar al padre e idolatrar al abuelo, empieza a haber un renovado interés por aquellos bares tiki tan divertidos. La publicación de The Book of Tiki, de Sven Kirsten, es el catalizador de un renacimiento del pop polinesio. Los tiki-aficionados son personajes curiosos ataviados con camisas floreadas y con diferentes obsesiones, dedicadas a la resurrección de un movimiento más estético que cultural, hedonista y con una enfermiza tendencia a la acumulación y la idolatría. Y les encanta.

Ser aficionado al tiki hoy día implica mucho más que simplemente ir a los bares. Un buen fan tiene una profusa colección de tiki mugs, los vasos de cerámica donde se sirven los cócteles, cuanto más raros y antiguos mejor. Tallas de dioses polinesios introducen divinidades paganas y cultos olvidados en sus hogares. Su colección de camisas aloha vintage en el armario es incontable. Acumulan ajados vinilos de música exotica, de artistas como Martin Denny, Les Baxter o Arthur Lyman. Un tiki-aficionado tiene un bar en su casa y cuando viaja lo hace en función de la cantidad de bares tiki que haya en la ciudad a visitar. Artistas como Shag, Derek Yaniger, Bosko o Crazy Al recuperan en sus obras el espíritu del pop polinesio, ya revisado y adaptado al gusto actual. Jeff "Beachbum" Berry rescata las recetas perdidas de los cócteles tiki originales, robándolas literalmente del bolsillo de aquellos bartenders celosos que experimentaban en la barra. Tiki Central es el foro de internet donde se reúne la comunidad internacional para discutir los más variopintos temas, desde mostrar hallazgos en rastros hasta discutir sobre el diámetro óptimo de las pajitas para tomar cócteles. Anualmente, se reúnen en festivales como el Hukilau en Florida o el Tiki Oasis en California para celebrar sus exóticas pasiones.

Y celebrando es como vamos a acabar este artículo, con un buen cóctel. El Mai Tai es la quintaesencia de la bebida exótica, y su autoría podríamos decir que pertenece a Trader Vic, aunque, como todo por estos lares, no está muy claro. De todos modos, el Mai Tai se prepara de la siguiente manera. Llenamos un vaso double old-fashioned (un vaso bajo y grande) con hielo picado, y vertemos 30 ml de ron añejo de Jamaica, 30 ml de ron añejo de Martinica, 15 ml de curaçao rojo, 7,5 ml de sirope simple y 7,5 ml de orgeat, que es un sirope de almendras amargas. Exprimimos una lima en el vaso, con la que obtendremos unos 40 ml de zumo fresco, y también echamos la cáscara de media lima. Todo eso lo vertemos en una coctelera y agitamos como locos durante 10 segundos. De vuelta al vaso, decoramos con una rama de menta fresca y servimos. El Mai Tai no lleva ni zumo de naranja, ni de piña, ni granadina, en contra de lo que piensan muchas coctelerías lejanas al tiki. Para brindar, podemos usar una fórmula hawaiana: Okole Maluna!

Mr. I.

Originalmente publicado en Stylelab número 0

1 comentario:

larch dijo...

Cojonuda síntesis, mejor final! De rechupete...